Mi paseo por el cementerio

Es curioso, pero hace 3 años no entraba al cementerio municipal, la última vez, fue cuando falleció la abuela de una amistad.

Como raro, la ansiedad me carcomía, y necesitaba un sitio tranquilo, sin gente, sin prejuicios ni juicios de valor, para poder fumar. Así que me dirigí al cementerio del pueblo. Ha cambiado demasiado, ha envejecido, hay tumbas vacías, la capilla dejó de existir, los muertos están solitarios sin flores como acompañantes.

Lo único que no se ha alterado, es la ortiga creciendo al rededor de las tumbas, y la maleza cumple con su curso. Los pinos han secado, al igual que los eucaliptos, la tierra llena de basura, y cuerpos en descomposición, en el aire, un frío penetrable, y alas que aún no marchan, queriendo recibir visitas.

Mis bisabuelos, ya no están allí, han pasado a otro sitio, en la parroquia. Así que visité a algunos conocidos de la familia. Fui hacia la orilla que da a la laguna, prendí mi cigarro, y me dispuse a intoxicar mis pulmones y al ambiente.

Nadie me juzgaba allí, más de uno que habita un espacio 3 metros bajo tierra en ese lugar, ocultaba secretos, era como yo, fumador compulsivo, homosexual, artista, loco o inadaptado social. Murieron porque alguien así lo quiso, y se enorgullecen después de muertos de sus defectos y su verdadero ser, total, ya nadie los juzga.

Cómo lo se… fácil, se percibe en el aire una armonía y paz que cambia radicalmente al salir del cementerio.

Ahí les dejo, lo que gocé del cementerio del pueblo… como chusca la visita a los muertos.

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